10 Julio - La fe es algo personal (3)
Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate. – Salmo 49:7.
Para obtener la verdadera vida necesitamos un contacto personal con Jesús el Salvador. “Cuando alguna serpiente mordía a alguno, miraba a la serpiente de bronce, y vivía” (Números 21:9). Esta era la orden de Dios en aquellos tiempos y esta misma orden sigue vigente hoy en día, porque “como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado” (Juan 3:14).
La fe es algo individual, el arrepentimiento es algo individual, y la salvación es algo individual. No podemos ni tener la vida de otra persona, ni vivir por la fe de otros. Existe un fuerte principio de individualismo en cada fase de la vida y de la carrera práctica del cristiano.
Quiera Dios que el lector medite en este tema y que haga una aplicación personal de la verdad escondida en una de las figuras más extraordinarias del Antiguo Testamento, para ser de este modo conducido a contemplar con fe la cruz y sus preciosos resultados. Jesucristo, el Hijo del Hombre, clavado en la cruz, hecho pecado por nosotros, satistizo todas las exigencias de la justicia inflexible del Dios santo, a quien habíamos ofendido.
Dios, plenamente satisfecho, invita al pecador a levantar su mirada de fe hacia la cruz, en donde su propio Hijo sufrió el juicio en lugar del culpable. Sin la fe, sin duda alguna el pecador perecerá a causa de la mordedura de la serpiente antigua, Satanás. Por la fe halla no solamente la liberación de su culpabilidad y del juicio, sino la vida eterna y el goce de los bienes celestiales.
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08 Julio - La serpiente de bronce (1)
Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. – Juan 3:13-14.
El capítulo 21 (v. 1-9) del libro de los Números nos presenta la historia de la serpiente de bronce. Los israelitas murmuraron en el desierto y tuvieron que sufrir las consecuencias: “Jehová envió entre el pueblo serpientes ardientes, que mordían al pueblo” (v. 6).
Como siempre, es el Enemigo, la “serpiente antigua”, quien los incitó a murmurar. Por lo tanto tuvieron que experimentar las terribles consecuencias de su incredulidad. Si el hombre no quiere caminar con Dios, entonces conocerá el poder del diablo. La mordedura de las serpientes condujo a Israel a sentir su pecado: “Entonces el pueblo vino a Moisés y dijo: Hemos pecado por haber hablado contra Jehová, y contra ti; ruega a Jehová que quite de nosotros estas serpientes” (v. 7).
Cada necesidad del hombre es una ocasión para que la gracia y la misericordia de Dios se manifiesten. Desde el momento en que Israel podía decir: “Hemos pecado”, la gracia podía derramarse; Dios podía actuar, y eso bastaba.
Cuando Israel murmuró, obtuvo como respuesta la mordedura de las serpientes, pero en cuanto confesó sus pecados, la gracia de Dios le respondió: “…cualquiera que fuere mordido y mirare a ella (la serpiente de bronce), vivirá” (v. 8). El canal por el que la gracia divina podía fluir libremente sobre los pobres pecadores heridos, estaba abierto; ¡maravillosa imagen de la obra de Cristo en la cruz!
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28 de Abril - Comprados a alto precio
Habéis sido comprados por precio. – 1 Corintios 6:20; 7:23.
Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. – Juan 3:14-15.
Quince siglos antes de Jesucristo, Dios hizo caer un castigo sobre Egipto: en una misma noche todos los primogénitos debían morir. En su gracia Dios reveló al pueblo de Israel, que vivía en esclavitud, un medio de salvación: bastaba inmolar un cordero y poner su sangre en los dos postes y en el dintel de la puerta de entrada de sus casas. Dios había dicho: “Veré la sangre y pasaré de vosotros” (Éxodo 12:13). ¿Por qué este extraño medio de preservación? Porque esta sangre prefiguraba la de Cristo, derramada en la cruz del Gólgota.
Más tarde, en el desierto, los israelitas protestaron y Dios envió serpientes. Todos los que eran mordidos por ellas morían. Pero en su gracia soberana Dios mandó a Moisés que colocara una serpiente de bronce sobre un asta y declaró: “Cualquiera que fuere mordido y mirare a ella, vivirá” (Números 21:8). Y así ocurrió.
Esas conmovedoras imágenes nos son explicadas por Jesús mismo en los dos versículos de la fecha. Debemos reconocer que merecemos la muerte, como el israelita de otros tiempos, y creer que el sacrificio de Cristo satisfizo plenamente las exigencias divinas. Somos salvos por gracia, por medio de la fe, y esto no viene de nosotros, pues es “don de Dios” (Efesios 2:8).
Nunca olvidemos que si a nosotros no nos cuesta nada esta salvación, es porque costó infinitamente caro a Aquel que nos salvó.
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