08 Septiembre - Huir de Dios nunca es la solución

Convertíos a vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia. – Joel 2:13.

¿Es usted como Jacob, que huía lejos de casa?, ¿o se comporta igual que el hijo que ha conocido la dulzura del hogar paterno y se fue hacia un mundo que le parecía mejor? Tal vez piensa estar libre; pero ¿no es esclavo de alguna pasión? O, como un marido infiel y adúltero, ¿se fue hacia lo desconocido que sólo genera decepciones, rompiendo así el corazón de su esposa? Quizá nuestro lector sea un joven o una joven criado en un hogar cristiano. ¿Se ha ido lejos de Dios, olvidando que no se puede escapar de su mirada? Jacob trató de huir de Dios, pero Dios mantuvo su mirada en él.

Lucas (15:11-23) relata la parábola del hijo perdido que quiso huir de las molestias de la casa paterna, pero pronto se halló solo y sin dinero. Cuando atormentado por el hambre y sucio (en todos los sentidos de la palabra) volvió a su padre, ¿de qué manera fue recibido? “Cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó” (Lucas 15:20).

Huir nunca es la solución a los problemas. Se puede huir de los hombres y de las circunstancias, pero no se puede huir de Dios. El rey David escribió: “¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?” (Lea el Salmo 139:7-12).

A cada uno de los fugitivos, Dios dice: “Vuélvete… no haré caer mi ira sobre ti… Reconoce, pues, tu maldad” (Jeremías 3:12-13). “El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Proverbios 28:13).

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19 Febrero - El día D

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. – Mateo 11:28.

Convertíos a mí con todo vuestro corazón. – Joel 2:12.

En la vida de cada ser humano debería existir el día D. Con esto me refiero al día en que uno se convierte a Dios, le confiesa toda su culpabilidad y cree en el Señor Jesucristo, el Salvador. Esto es un acontecimiento real, no algo incierto y que pasa inadvertido.

Alguien describió su conversión y su aceptación de una vida de fe en los siguientes términos:

«Había pedido al Señor que perdonara todos mis enojos, mis borracheras, mis faltas de cariño y mis mentiras. Sí, le pedí que perdonara todo lo que había hecho mal en mi vida… ¡y era un montón!

Apenas hice esta oración, toda la carga desapareció. La paz atravesó mi corazón como un río. Nunca antes había experimentado la presencia de Dios como en ese instante. Me parecía que el cielo había abierto sus esclusas para verter sus bendiciones sobre mí. Lágrimas de gozo y de alivio corrían por mis mejillas. En ese momento supe que el Señor me había perdonado. El cambio que yo había querido producir en mí por mis propios esfuerzos había ocurrido por la fe. El peso de mi culpabilidad había desaparecido. El porvenir probó que no se trataba de una mera impresión».

No hay un esquema para las conversiones, cada una es diferente. Pero una pregunta permanece: ¿Ha habido en mi vida un cambio radical? ¿He acudido a Jesús con pesar y arrepentimiento? ¿Ha existido ese día D para mí?

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