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El Pecado

       I. Terminología

       Como se podría esperar de un libro cuyo tema dominante es el pecado del ser humano y la generosa salvación que Dios le ofrece, la Biblia emplea una gran variedad de términos, tanto en el AT como en el NT, para expresar la idea del pecado. (sin dejar fuera la solución, es decir, La Salvación)

       Hay cuatro raíces heb. principales. h\t\< es la más común, voz que, con sus derivados, transmite la idea general de errar el blanco o desviarse de la meta (Jue. 20.16 para un uso no moral). Una gran proporción de las veces en que aparece se refiere a una desviación moral y religiosa, ya sea con respecto a los hombres (Gn. 20.9), o a Dios (Lm. 5.7). Frecuentemente se utiliza el sustantivo h\at\t\aµ<t_ como término técnico para ofrenda por el pecado (Lv. 4). Esta raíz no se refiere a la motivación interior de la acción errónea, sino que se concentra más en su aspecto formal como desviación de la norma moral, generalmente la ley o la voluntad de Dios (Ex. 20.20; Os. 13.2). psû> se refiere a la acción en torno a la ruptura de una relación, "rebelión", "revolución". Aparece en sentido no teológico, por ejemplo con referencia a la secesión de Israel de la casa de David (1 R. 12.19). Cuando se lo aplica al pecado es quizás el más profundo de los términos del AT, que refleja el hecho de que el pecado es rebelión contra Dios, el desafío de su santo senorío y gobierno (Is. 1.28; 1 R. 8.50). >wh transmite un sentido literal de perversión, "torcimiento", o "trastorno" deliberados (Is. 24.1; Lm. 3.9). En relación con el pecado refleja el pensamiento del pecado como un mal realizado deliberadamente, "hacer iniquidad" (Dn. 9.5; 2 S. 24.17). Aparece en contextos religiosos, particularmente en forma sustantiva, >aµwoÆn, que destaca la idea de la culpa que surge del mal deliberadamente cometido (Gn. 44.16; Jer. 2.22). También puede referirse al castigo que recae sobre el pecado (Gn. 4.13; Is. 53.11). La idea básica de sûaµg÷aÆh es la desviación del camino correcto (Ez. 34.6). Es indicativo del pecado producido por la ignorancia, el "errar", "desviarse como criatura" (1 S. 26.21; Job 6.24). A menudo aparece en contexto cúltico como pecado contra reglamentaciones rituales no reconocidas (Lv. 4.2). También debemos referirnos a raµsûa>, ser malo, actuar maliciosamente (2 S. 22.22; Neh. 9.33); y >aµmal, el mal hecho a otros (Pr. 24.2; Hab. 1.13).

       El principal término neotestamentario es hamartia (y sus cognados), que equivale a h\t\<. Se emplea en el griego clásico en el sentido de errar el blanco o tomar un camino equivocado. Es el término neotestamentario general para el pecado como acción concreta, como violación de la ley divina (Jn. 8.46; Stg. 1.15; 1 Jn. 1.8). En Ro. 5–8 Pablo personifica el término como principio rector de la vida humana (5.12; 6.12, 14; 7.17, 20; 8.2). paraptoµma aparece en contextos clásicos para un error de medición o un desatino. El NT le confiere una connotación moral más fuerte, como mala acción o transgresión ("muertos en …", Ef. 2.1; Mt. 6.14s). parabasis es un término derivado en forma similar y con significado parecido, "transgresión", "ir más allá de la norma" (Ro. 4.15; He. 2.2). asebeia es quizás el más profundo de los términos neotestamentarios, y comúnmente traduce psû> en la LXX. Implica maldad o impiedad activas (Ro. 1.18; 2 Ti. 1.16). Otro término es anomia, desobediencia, desprecio por la ley (Mt. 7.23; 2 Co. 6.14). kakia y poneµria son términos generales que expresan depravación moral y espiritual (Hch. 8.22; Ro. 1.29; Lc. 11.39; Ef. 6.12). La última de estas referencias indica la relación entre el segundo término mencionado anteriormente y Satanás, el malo, ho poneµros (Mt. 13.19; 1 Jn. 3.12). adikia es el principal término clásico para el mal que se le hace al prójimo. Se traduce de diferentes maneras: "injusto" (Lc. 18.6), "injusticia" (Jn. 7.18; Ro. 2.8; 9.14), "iniquidad" (2 Ti. 2.19). 1 Jn. lo equipara con hamartia (1 Jn. 3.4; 5.17). También tenemos enojos, término legal que significa "culpable" (Mr. 3.29; 1 Co. 11.27), y ofeileµma, ‘deuda’ (Mt. 6.12).

       No obstante, la definición de pecado no se deriva simplemente de los términos utilizados en la Escritura para hacer referencia a él. La característica más típica del pecado en todos sus aspectos es que está dirigido contra Dios (Sal. 51.4; Ro. 8.7). Cualquier concepción del pecado que no ponga en primer plano la oposición que le ofrece a Dios es una desviación de la representación bíblica. El concepto popular de que el pecado es egoísmo delata una falsa apreciación de su naturaleza y gravedad. Esencialmente el pecado está dirigido contra Dios, y sólo esta perspectiva explica la diversidad de sus formas y actividades. Es violación de aquello que la gloria de Dios exige, y por lo tanto, en su esencia misma es lo que se opone a Dios.

 

       II. Origen

       El pecado estaba ya presente en el universo desde antes de la caída de Adán y Eva (Gn. 3.1s; Jn. 8.44; 2 P. 2.4; 1 Jn. 3.8; Jud. 6). La Biblia, sin embargo, no se ocupa directamente del origen del mal en el universo, sino que trata más bien del pecado y su origen en la vida del hombre (1 Ti. 2.14; Stg. 1.13s). El verdadero impacto de la tentación demoníaca en la narración de la caída en Gn. 3 radica en la sutil sugerencia de la aspiración humana a llegar a ser igual a su hacedor ("seréis como Dios …", 3.5). Satanás dirigió su ataque contra la integridad, la veracidad, y la amante provisión de Dios, y su propuesta consistió en estimular una perversa y blasfema rebelión contra el verdadero Señor del hombre. Con este acto el hombre hizo un intento de alcanzar la igualdad con Dios (Fil. 2.6), trató de expresar su independencia de él, y, por lo tanto, de cuestionar tanto la naturaleza misma como el orden de la existencia mediante el cual vive como criatura, en completa dependencia de la gracia y las estipulaciones de su creador. "El pecado del hombre radica en su pretensión de ser Dios". Con este acto, aun más, el hombre cometió una blasfemia al negarle a Dios el culto y la amorosa adoración que debe ser siempre la respuesta correcta del hombre a la majestad y la gracia divinas, y en lugar de ello rindió homenaje al enemigo de Dios, y a sus propias ambiciones envilecidas.

       Por consiguiente, según Gn. 3, no debe buscarse el origen del pecado en una acción abierta (2.17 con 3.6), sino en una aspiración interior de negar a Dios, de la cual el acto de desobediencia sólo fue la expresión inmediata. En cuanto al problema de cómo pudieron Adán y Eva haberse visto envueltos en tentación si anteriormente no habían conocido pecado, la Escritura no entra en una discusión detallada. No obstante, en la persona de Jesucristo da testimonio de un Hombre que fue sometido a tentación "en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado" (He. 4.15; Mt. 4.3s; He. 2.17s; 5.7s; 1 P. 1.19; 2.22s). El origen último del mal es parte del "misterio de la iniquidad" (2 Ts. 2.7), pero una razón discutible del relativo silencio de la Escritura es que una "explicación racional" del origen del pecado daría como resultado inevitable el hacer que la atención se desvíe del propósito principal de la Escritura, que es la confesión de mi culpa personal. En última instancia, dada la naturaleza de la cuestión, el pecado no es algo que se pueda "conocer" objetivamente; "el pecado se postula a sí mismo".

 

       III. Consecuencias

       El pecado de Adán y Eva no fue un hecho aislado. Las consecuencias para ellos, para la posteridad, y para el mundo entero están a la vista.

       a. La actitud del hombre hacia Dios
       El cambio de actitud de Adán hacia Dios indica la revolución que tuvo lugar en su mente. "Se escondieron de la presencia de Jehová" (Gn. 3.8). Aunque fueron creados para gozar de la presencia y el compañerismo de Dios, ahora temían encontrarse con él (Jn. 3.20). Ahora sus emociones dominantes eran la vergüenza y el temor (Gn. 2.25; 3.7, 10), lo que indica el caos que se produjo.

       b. La actitud de Dios hacia el hombre
       No sólo se produjo un cambio en la actitud del hombre hacia Dios, sino también en la de Dios hacia el hombre. El reproche, la condenación, la maldición, y la expulsión del huerto son indicaciones de ello. El pecado sólo proviene del hombre, pero sus consecuencias no se limitan a él. El pecado evoca la ira y el desagrado de Dios, y por cierto que así tiene que ser, desde el momento en que justamente significa la contradicción de lo que es Dios. A Dios le resulta imposible ser complaciente con el pecado, porque el serlo significaría dejar de considerarse a sí mismo seriamente. Dios no puede negarse a sí mismo.

       c. Consecuencias para la raza humana
       El desenvolvimiento de la historia del hombre proporciona un catálogo de vicios (Gn. 4.8, 19, 23s; 6.2–3, 5). La consecuencia de la sobreabundante iniquidad es la virtual destrucción de la humanidad (Gn. 6.7, 13; 7.21–24). La caída tuvo efectos duraderos, no sólo en Adán y Eva, sino también sobre todos los que de ellos descienden; hay solidaridad racial en el pecado y el mal.

       d. Consecuencias para la creación
       Los efectos de la caída se extienden más allá del cosmos físico. "Maldita será la tierra por tu causa" (Gn. 3.17; Ro. 8.20). El hombre es corona de la creación, hecho a imagen de Dios, y, en consecuencia, es vicerregente de Dios (Gn. 1.26). La catástrofe de la caída del hombre trajo aparejada la catástrofe de la maldición sobre aquello de lo cual se le había dado dominio. El pecado es un hecho que se dio en la esfera del espíritu humano, pero que ha repercutido en toda la creación.

       e. La aparición de la muerte
       La muerte es consecuencia del castigo que merece el pecado. Esta fue la advertencia que acompañó a la prohibición en el Edén (Gn. 2.17), y es expresión directa de la maldición de Dios sobre el hombre pecador (Gn. 3.19). En la esfera de lo fenoménico, la muerte consiste en la separación de los elementos integrales del ser del hombre. Esta disolución ejemplifica el principio de la muerte, a saber, la separación, y alcanza su expresión extrema en la separación de Dios (Gn. 3.23s). A causa del pecado la muerte provoca temor y terror en el hombre (Lc. 12.5; He. 2.15).

 

       IV. Imputación

       El primer pecado de Adán tuvo un significado único para toda la raza humana (Ro. 5.12, 14–19; 1 Co. 15.22). Aquí se hace hincapié en forma sostenida en la sola y única transgresión de un solo hombre como aquello por lo cual el pecado, la condenación, y la muerte recayeron sobre toda la humanidad. Se identifica al pecado como "la transgresión de Adán", "la transgresión del uno", "una transgresión", "la desobediencia de uno", y no puede haber duda de que aquí se hace referencia a la primera transgresión de Adán. En consecuencia, la cláusula "por cuanto todos pecaron" en Ro. 5.12 se refiere al pecado de todos en el pecado de Adán. No puede referirse a los pecados que cometen todos los hombres, y mucho menos a la depravación hereditaria que aflije a todos, porque en el vv. 12 la cláusula en cuestión dice claramente por qué "la muerte pasó a todos los hombres", y en los versículos siguientes se expresa que "la transgresión de uno solo" (v. 17) es la causa del reinado universal de la muerte. Si no se refiriese al mismo pecado, Pablo estaría afirmando dos cosas diferentes con referencia al mismo asunto en el mismo contexto. La única explicación en cuanto a las dos formas de expresión es que todos pecaron en el pecado de Adán. Podemos hacer la misma inferencia sobre la base de 1 Co. 15.22, "en Adán todos mueren". Si todos mueren en Adán, la razón es que todos pecaron en él.

       Según la Escritura, el tipo de solidaridad con Adán que explica la participación de todos en el pecado de Adán, es el tipo de solidaridad que Cristo mantiene con aquellos que están unidos a él. El paralelo en Ro. 5.12–19; 1 Co. 15.22, 45–49 entre Adán y Cristo indica el mismo tipo de relación en ambos casos, y no tenemos necesidad de postular nada más definitivo en el caso de Adán y la raza que lo que encontramos en el caso de Cristo y los suyos. En este último caso se trata de una cabeza representativa, y esto es todo lo que hace falta para afirmar la solidaridad de todos en el pecado de Adán. Decir que el pecado de Adán se imputa a todos es decir que todos estuvieron involucrados en su pecado, en razón de ser él la cabeza representativa.

       Aunque la imputación del pecado de Adán fue inmediata, como se puede comprobar por el testimonio de los pasajes pertinentes, el juicio de condenación que recayó sobre Adán, y en consecuencia sobre todos los hombres en él, se considera confirmado, en la Escritura, en cuanto a su justicia y corrección, por la experiencia moral subsiguiente de cada hombre. De ese modo, queda ampliamente corroborado Ro. 3.23, que "todos pecaron", por referencia a los pecados específicos y visibles de judíos y gentiles (Ro. 1.18–3.8), antes de que Pablo haga referencia alguna a la imputación en Adán. De manera similar la Escritura relaciona universalmente el juicio final del hombre ante Dios con sus "obras", que no alcanzan a cumplir las exigencias divinas (Mt. 7.21–27; 13.41; 25.31–46; Lc. 3.9; Ro. 2.5–10; Ap. 20.11–14).

       El rechazo de esta doctrina no sólo indica incapacidad de aceptar el testimonio de los pasajes pertinentes, sino también incapacidad de apreciar la estrecha relación que existe entre el principio que gobierna nuestra relación con Adán, y el que gobierna la operación de Dios en la salvación. El paralelo entre Adán como primer hombre y Cristo como último Adán muestra que la realización de la salvación en Cristo está basada en el mismo principio operativo que aquel por medio del cual nos convertimos en pecadores y herederos de la muerte. La historia de la humanidad queda finalmente resumida bajo dos complejos: pecado-condenación-muerte y justicia-justificación-vida. El primero surge de nuestra unión con Adán; el segundo proviene de nuestra unión con Cristo. Estas son las dos órbitas en las que vivimos y nos movemos. El gobierno de los hombres por parte de Dios se lleva a cabo en función de estas relaciones. Si no entendemos nuestra relación con Adán no podemos comprender correctamente a Cristo. Todos los que mueren, mueren en Adán; todos los que adquieren vida, la reciben de Cristo.

 

       V. La depravación

       El pecado nunca consiste simplemente en un acto voluntario de transgresión. Toda volición surge de algo que tiene raíces más profundas que la volición misma. Un acto pecaminoso es la expresión de un corazón pecaminoso (Mr. 7.20–23; Pr. 4.23; 23.7). El pecado siempre ha de incluir, por lo tanto, la perversidad del corazón, la mente, la disposición, y la voluntad. Así fue, como vimos anteriormente, en el caso del primer pecado, y es igual con todo pecado. En consecuencia, la imputación del pecado de Adán a la posteridad debe comprender la participación en la perversidad, aparte de lo cual carecería de sentido el pecado de Adán, y su imputación se convertiría en una abstracción imposible. Pablo expresa que "por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores" (Ro. 5.19). La depravación que supone el pecado, y con la cual todos los hombres llegan al mundo, es por esta razón consecuencia directa de nuestra solidaridad con Adán en su pecado. Como individuos venimos al mundo por generación natural, y como individuos nunca existimos aparte del pecado de Adán, contado como nuestro propio pecado. Por ello escribió el salmista que "he aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre" (Sal. 51.5), y nuestro Señor afirmó que "lo que es nacido de la carne, carne es" (Jn. 3.6).

       El testimonio de la Escritura con respecto a la capacidad de penetración de dicha depravación es explícito. Gn. 6.5; 8.21 presenta un caso cerrado. La segunda referencia aclara que esta acusación no estaba restringida al período anterior al juicio del diluvio. No hay forma de evadir la fuerza de este testimonio desde las primeras páginas de la revelación divina, y las declaraciones posteriores tienen el mismo efecto (Jer. 17.9–10; Ro. 3.10–18). Cualquiera sea el punto de vista desde el cual miremos al hombre, veremos la ausencia de aquello que place a Dios. Si consideramos este punto de un modo más positivo, todos se han alejado de Dios, y se han corrompido. En Ro. 8.5–7 Pablo menciona el pensar de la carne, y carne, cuando se emplea éticamente como aquí, significa la naturaleza humana dirigida y gobernada por el pecado (Jn. 3.6). Además, según Ro. 8.7, "los designios de la carne son enemistad contra Dios". No podríamos formular un juicio más condenatorio, porque significa que el pensamiento del hombre natural está condicionado y gobernado por la enemistad hacia Dios. Nada menos que un juicio de depravación total es la clara inferencia de estos pasajes, que no hay área o aspecto de la vida humana que quede absuelta de los sombríos efectos de la condición del hombre caído, y en consecuencia, no hay área que pudiera servir de base para la justificación del hombre por sí mismo frente a Dios y su ley.

       La depravación, sin embargo, no se registra en transgresiones reales en igual grado para todos. Hay una cantidad de factores que la restringen. Dios no entrega a todos los hombres a la inmundicia, a una mente corrupta, y a una conducta impropia (Ro. 1.24, 28). La depravación total (total, es decir, en el sentido de que engloba todo) no es incompatible con el ejercicio de las virtudes naturales y la promoción de la justicia civil. El hombre no regenerado todavía está dotado de conciencia, y la obra de la ley está escrita en su corazón, de modo que en alguna medida, y en ciertos puntos, cumple sus requerimientos (Ro. 2.14s). La doctrina de la depravación significa, sin embargo, que estas obras, aunque formalmente concordantes con lo que demanda Dios, no son buenas y agradables a Dios en función de los criterios totales y finales que determinan su juicio, los criterios del amor a Dios como motivo alentador, de la ley de Dios como principio directriz, y de la gloria de Dios como objetivo regulador (Ro. 8.7; 1 Co. 2.14; Mt. 6.2, 5, 16; Mr. 7.6–7; Ro. 13.4; 1 Co. 10.31; 13.3; Tit. 1.15; 3.5; He. 11.4, 6).

 

       VI. La inhabilidad

       La inhabilidad se refiere a la incapacidad que proviene de la naturaleza de la depravación. Si la depravación es total, que afecta todos los aspectos y las áreas de la persona, entonces la inhabilidad para lo que es bueno y agradable a Dios también es inclusiva en su referencia.

       No podemos cambiar nuestro carácter o actuar en contra de él. En lo que se refiere a comprensión, el hombre natural no puede conocer las cosas del Espíritu de Dios, debido a que se disciernen espiritualmente (1 Co. 2.14). Con respecto a la obediencia a la ley de Dios, no sólo no está sujeto a la ley de Dios, sino que no puede estarlo (Ro. 8.7). Los que están en la carne no pueden agradar a Dios (Ro. 8.8). El mal árbol no puede dar buen fruto (Mt. 7.18). En cada caso la imposibilidad es innegable. Es nuestro Señor mismo quien afirma que es imposible tener fe en él aparte del don del Padre y su llamamiento (Jn. 6.44, 65). Este testimonio del Señor concuerda con su insistencia en que aparte del nacimiento sobrenatural de agua y del Espíritu nadie puede adquirir una apreciación inteligente del reino de Dios, ni entrar en él (Jn. 3.3, 5s, 8; Jn. 1.13; 1 Jn. 2.29; 3.9; 4.7; 5.1, 4, 18).

       La necesidad de una transformación y recreación tan radical e importante como lo es la regeneración, es prueba de la veracidad del testimonio de la Escritura en cuanto a la esclavitud del pecado y a la situación desesperada de nuestra condición pecaminosa. Esta esclavitud implica que la imposibilidad que experimenta el hombre natural de recibir las cosas del Espíritu, amar a Dios y hacer lo que a él le agrada, o creer en Cristo para la salvación de su alma, es de carácter psicológico, moral, y espiritual. Esta esclavitud es la premisa del evangelio, y la gloria del evangelio se halla precisamente en el hecho de que ofrece liberación de la esclavitud y las ataduras del pecado. Es el evangelio de gracia y poder para el desvalido.

 

       VII. Responsabilidad

       Como el pecado es contra él, Dios no puede pasarlo por alto o ser indiferente con respecto al mismo. Dios reacciona inevitablemente contra él. Esta reacción es, específicamente, su ira. La frecuencia con que la Escritura menciona la ira de Dios nos obliga a considerar su realidad y su significado.

       El AT emplea diversos términos. En hebreo, <af, en el sentido de "enojo", e intensificado en la forma h‡roÆn <af para expresar "la intensidad de la ira de Dios" es muy común (Ex. 4.14; 32.12; Nm. 11.10; 22.22; Jos. 7.1; Job 42.7; Sal. 21.9; Is. 10.5; Nah. 1.6; Sof. 2.2); heµmaÆ también es frecuente (Dt. 29.23; Sal. 6.1; 79.6; 90.7; Jer. 7.20; Nah. 1.2); <eb_raÆ (cf. Sal. 78.49; Is. 9.19; 10.6; Ez. 7.19; Os. 5.10) y qes\ef (Dt. 29.28; Sal. 38.1; Jer. 32.37; 50.13; Zac. 1.2) se emplean con suficiente frecuencia como para merecer mención; za>am también es característico, y expresa la idea de indignación (Sal. 38.3; 69.24; 78.49; Is. 10.5; Ez. 22.31; Nah. 1.6). Es evidente que el AT está lleno de referencias a la ira de Dios. A menudo aparecen juntos más de uno de estos términos, para reforzar y confirmar el pensamiento que expresan. Los términos mismos están cargados de intensidad, como así también las construcciones en que aparecen para transmitir la idea de desagrado, encendida indignación, y santa venganza.

       Los términos griegos son orgeµ y thymos, el primero frecuentemente con referencia a Dios en el NT (Jn. 3.36; Ro. 1.18; 2.5, 8; 3.5; 5.9; 9.22; Ef. 2.3; 5.6; 1 Ts. 1.10; He. 3.11; Ap. 6.17), y el último menos frecuentemente (Ro. 2.8; Ap. 14.10, 19; 16.1, 19; 19.15; véase zeµlos en He. 10.27).

       En consecuencia, la ira de Dios es una realidad, y el lenguaje y las enseñanzas de las Escrituras están calculados para hacernos captar la severidad que la caracteriza. Hay tres observaciones que requieren mención especial.
Primero, no debe interpretarse la ira de Dios en función de la pasión antojadiza tan comúnmente relacionada con la ira en nosotros. Es el deliberado y decidido desagrado que demanda la contradicción de su santidad.
En segundo lugar, no debe tomarse como venganza, sino como santa indignación; no hay en ella nada que pertenezca a la naturaleza de la malicia. No se trata de un odio maligno, sino de una justa detestación.
Tercero, no debemos limitar la ira de Dios a su voluntad de castigar. La ira es una manifestación positiva de su insatisfacción, tan segura como lo es su complacencia ante lo que le agrada. No debemos privar a Dios lo que nosotros llamamos emoción. La ira de Dios tiene su paralelo en el corazón humano, ejemplificado de manera perfecta en Jesús (Mr. 3.5; 10.14).

       La consecuencia de la culpabilidad del pecado es, por lo tanto, la santa ira de Dios. Como el pecado nunca es impersonal, sino que existe en las personas, y es cometido por ellas, la ira de Dios consiste en el desagrado que recae sobre ellas; nosotros somos objeto de ella. Los castigos penales que sufrimos son expresión de la ira de Dios. El sentimiento de culpa y el tormento de la conciencia son reflejo, en nuestro nivel consciente, del desagrado de Dios. La esencia de la perdición final consistirá en la aplicación de la indignación de Dios (cf. Is. 30.33; 66.24; Dn. 12.2; Mr. 9.43, 45, 48).

 

       VIII. La derrota del pecado

       A pesar de lo sombrío del tema, la Biblia nunca abandona totalmente una nota de esperanza y optimismo cuando se ocupa del pecado; porque el núcleo de la Biblia es su testimonio acerca de la poderosa ofensiva de Dios contra el pecado, en su histórico propósito de redención centrado en Jesucristo, el último Adán, su eterno Hijo, salvador de los pecadores. En mérito a la obra toda de Cristo (su nacimiento milagroso, su vida de perfecta obediencia, en forma suprema su muerte en la cruz y su resurrección de entre los muertos, su ascensión y ubicación a la derecha del Padre, su reinado en la historia y su glorioso retorno) el pecado ha sido vencido. Su autoridad rebelde y usurpadora ha sido derrotada, sus absurdas pretensiones han sido expuestas, sus viles maquinaciones desenmascaradas y neutralizadas, los funestos efectos de la caída en Adán contrarrestados y desechos, mientras que el honor de Dios ha sido vindicado, su santidad satisfecha, y su gloria extendida.

       En Cristo Dios ha vencido al pecado; esas son las grandes y buenas noticias de la Biblia. Ya ha quedado demostrada esta derrota en el pueblo de Dios, que por su fe en Cristo y su obra terminada ya está libre de culpa y juicio por el pecado, y experimenta desde ya, en cierta medida, la derrota del poder del pecado por medio de su unión con Cristo. Este proceso culminará al final de los tiempos cuando Cristo vuelva en gloria, los santos sean completamente santificados, el pecado sea desterrado de la creación, y surjan nuevos cielos y tierra donde morará la justicia (Gn. 3.15; Is. 52.13–53.12; Jer. 31.31–34; Mt. 1.21; Mr. 2.5; 10.45; Lc. 2.11; 11.14–22; Jn. 1.29; 3.16s; Hch. 2.38; 13.38s; Ro. pass.; 1 Co. 15.3s, 22s; Ef. 1.3–14; 2.1–10; Col. 2.11–15; He. 8.1–10.25; 1 P. 1.18–21; 2 P. 3.11–13; 1 Jn. 1.6–2.2; Ap. 20.7–14; 21.22–22.5).

 

 

 

Nota:
Toda las citas biblicas deben ser revisadas en su Biblia. 2 Co. 3:6b.
...sino del espíritu; porque la letra mata, mas el espíritu vivifica...   visita: La Biblia

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