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María, la madre del Señor


María, la madre del Señor Jesucristo

       Nuestra información sobre la madre de Jesús se limita principalmente a los relatos de su infancia en Mt. y Lc. Allí vemos que cuando se produjo la anunciación angelical del nacimiento de Jesús, María vivía en Nazaret, Galilea, y estaba comprometida con un carpintero llamado José (Lc. 1.26s). Lucas nos dice que José era descendiente de David, y aunque no se menciona el linaje de María, es posible que proviniese de la misma línea de descendencia, particularmente si, como parece probable, debe trazarse la genealogía de Cristo en Lc. 3 a través de su madre. Se describe la concepción de Jesús como "del Espíritu Santo" (Mt. 1.18; cf. Lc. 1.35), y se nos dice que su nacimiento tuvo lugar en Belén al final del reinado de Herodes el Grande (Mt. 2.1; Lc. 1.5; 2.4).

       Tanto en Mt. 2.23 como en Lc. 2.39 se describe que después del nacimiento la sagrada familia vivió en Nazaret. Sólo Mateo menciona la huida a Egipto, donde José, María, y el niño se refugiaron de la ira y los celos de Herodes. Lucas narra la visita de María a su prima Elizabet, quien la saludó como "la madre de mi Señor" con las palabras "bendita tú entre las mujeres" (1.42s). Lucas también incluye el cántico de alabanza de María (1.46–55, en el que algunos antiguos testigos leen "Elisabet" por "María" como el nombre de la persona que habla; Magnificat). Lucas (2.41–51) nos da una sola, pero a la vez atractiva, visión de la niñez de Jesús, y nos transmite las naturales palabras de ansiedad de su madre cuando descubre que su hijo se ha extraviado (v. 48), y la conocida respuesta: "¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?" (v. 49).

       El resto de las referencias a María en los evangelios son escasas y relativamente poco informativas. Aparentemente no acompañó a nuestro Señor en sus viajes misioneros, aunque estuvo junto a él en las bodas de Caná (Jn. 2.1ss). El reproche que le formuló Jesús en esa ocasión, "Qué tienes conmigo, mujer?" (v. 4) expresa más sorpresa que dureza (Lc. 2.49, al igual que el tierno uso de la misma palabra gynai, ‘mujer’, en Jn. 19.26; véase también Mr. 3.31ss, pasaje en el que el Señor coloca la fidelidad espiritual por encima de la relación familiar; con el vv. 35 Lc. 11.27s). Finalmente, encontramos a María al pie de la cruz (Jn. 19.25), ocasión en que ella y el discípulo amado reciben de nuestro Señor el encargo de cuidarse mutuamente (vv. 26–27). La única otra referencia explícita a María en el NT se encuentra en Hch. 1.14, donde se dice que junto con los discípulos "perseveraban unánimes en oración y ruego".

       La breve descripción neotestamentaria de María y su relación con nuestro Señor dejan muchos huecos en el relato, que las leyendas piadosas no han demorado en llenar. Pero no podemos llevar los registros del evangelio más allá de su límite histórico, lo cual significa que debemos conformarnos, por lo menos, con contemplar la humildad y la obediencia de María, y su obvia devoción para con Jesús. Y dado que era la madre del Hijo de Dios, no podemos decir de ella menos de lo que dijo su prima Elizabet, que es "bendita entre las mujeres .

 

 

Anunciación

       La visión de María (Lc. 1.26–38) "anuncia" la concepción de un Hijo-Mesías y describe con imágenes poéticas el carácter humano (Lc. 1.32) y divino (Lc. 1.34s) del Mesías, y la naturaleza eterna de su reino (Lc. 1.33).

 

 

Nacimiento Virginal

       Por nacimiento virginal el protestante quiere decir concepción virginal. El católico romano cree tanto en la concepción virginal como en un nacimiento virginal milagroso, mediante el cual el niño abandonó el cuerpo de María de modo tal que la dejó médicamente virgen aun. Esta idea en el Protevangelium de Santiago (fines del ss. II) se convirtió en la doctrina corriente, como parte del concepto de la perpetua virginidad de María. Es improbable en vista de la cita de Lucas de "todo varón que abriere la matriz" (2.23) y la afirmación de Mateo de que José "no la conoció hasta que dio a luz a su hijo primogénito … Jesús" (1.25), lo cual parecería descartar el parecer de que José y María se abstuvieron permanentemente de entablar relaciones matrimoniales normales (ver Hermanos del Señor mas abajo). En este artículo usamos nacimiento virginal como equivalente a concepción virginal.

       Los dos relatos del nacimiento de Jesús en Mateo y Lucas son claramente independientes entre sí, y ambos registran el hecho de que nació por acción directa del Espíritu Santo, sin padre humano (Mt. 1.18–25; Lc. 1.34). Si no fuera por el milagro que el caso envuelve, cualquier persona aceptaría el relato como adecuado.

       Hay pruebas que apoyan lo relatado en el resto del NT. Si bien una persona puede no decir directamente lo que cree, pone de manifiesto lo que cree mediante algún giro o expresión. Así Marcos no tiene ningún relato del nacimiento, por cuanto comienza donde comienzan los predicadores en Hechos, a saber, con el bautismo de Juan. Mas en 63 sólo él entre los sinópticos cita a ciertos opositores que dicen, "¿No es éste el carpintero, hijo de María … ?" Por contraste Mt. 13.55 tiene "el hijo del carpintero", y Lc. 4.22 "el hijo de José".

       Juan también comienza el ministerio terrenal de Cristo con el bautismo. Más adelante indica que había rumores acerca de la ilegitimidad de Jesús cuando en 8.41 los judíos declararon, "nosotros (pronombre enfático y posición enfática) no somos nacidos de fornicación". Con menos pruebas, aunque aceptado por algunos escritores cristianos desde Tertuliano en adelante, y por otros, tenemos la lectura en el códice latino Verona de Jn. 1.13, que tiene el singular, "el cual no fue engendrado de sangre, ni de voluntad de carne, sino de Dios". (Esta lectura no está atestiguada por ningún manuscrito griego).

       Pablo, compañero de Lucas, usa lenguaje que supone la aceptación del nacimiento virginal. Cuando habla de la venida, o nacimiento, de Jesucristo, usa el verbo general, ginomai, no geneaoµ, que tiende a asociar al esposo (por ejemplo Ro. 1.3; Fil. 2.7). Esto resulta particularmente claro en Gá. 4.4, donde "Dios envió a su Hijo, nacido (genomenon) de mujer" ("formado de", "hecho de"). Por contraste, en 4.23 Ismael "nació", genenneµtai (de gennaoµ).

       En 1 Co. 15.45–48 una interpretación justa consiste en considerar que tanto Adán como Cristo vinieron milagrosamente de la mano de Dios. Ireneo vincula esto con el nacimiento virginal.

       El silencio en torno al hecho del nacimiento virginal puede haberse debido en parte a la necesidad de preservar el buen nombre de María para evitar las murmuraciones. Más todavía, cuán pocas veces mencionan los predicadores actuales el nacimiento virginal en sus sermones, aunque con frecuencia se refieren a la encarnación. Después del año 100 d.C. el nacimiento virginal fue aceptado por Ignacio, Arístides, Justino, Ireneo y otros.

       Las objeciones son de dos tipos. Aun cuando algunos llaman la atención a variantes en textos aislados con poco apoyo, ninguno de ellos echa abajo la descripción del hecho en todos los manuscritos.

       Teológicamente se ha sostenido que la razón dada para el título "Hijo de Dios" en Lc. 1.35 no puede reconciliarse con la idea del eterno Hijo de Dios de las epístolas. Este argumento supone que María y José habían de recibir una declaración teológica plena. Los dos relatos ofrecen el contenido de lo que se les dijo, a saber, que María iba a ser madre del Mesías prometido, el Hijo de Dios, y "Dios con nosotros". En los servicios donde cantamos los villancicos comenzamos con el simple nacimiento y luego pasamos a las profundidades de la encarnación, sin contradicción alguna. El hecho de que Mateo y Lucas no reflejen aquí la teología posterior es un argumento adicional a favor de la autenticidad de sus registros.

       De hecho podrían usarse con precaución consideraciones genéticas para demostrar que la encarnación requería el nacimiento virginal. Si primeramente se hubiese concebido un niño por acción de José y María, hubiera habido un hombre potencial y completo desde el comienzo. En ese caso Dios no hubiera podida ser o convertise en ese hombre, sino que hubiera tenido que agregarse de algún modo como un extra (nestorianismo), o conformarse con llenarlo espiritualmente en la forma en que el Espíritu Santo llenaba a los hombres santos en la antigüedad. Ninguno de estos conceptos encaja en el cuadro bíblico. A partir del rechazo de la encarnación y del nacimiento virginal han surgido muchas teorías nuevas para explicar en qué sentido Jesucristo era Dios.

       Ahora sabemos que el óvulo femenino contiene la mitad de los 46 cromosomas que se encuentran en todas las otras células del cuerpo humano. La célula sexual masculina agrega los otros 23, y de inmediato ambas células, ahora una, se comienzan a dividir, y a construir un cuerpo completo, con mente y espíritu. Si sin irreverencia nos preguntamos cómo es que el misterio último de la encarnación puede vincularse con lo físico, parecería que, a fin de que la segunda persona de la Trinidad pudiese hacerse hombre, el Espíritu Santo formó los genes y cromosomas necesarios que pudiesen ser vehículo de la persona de Cristo al unirse a los que estaban en el cuerpo de la virgen María. Podemos comenzar a ver que las definiciones cristianas lo describen acertadamente como una sola persona, porque fue concebido por la unión de células mediante las cuales se produce una sola persona, y con dos naturalezas, ya que la célula que se unió con el óvulo humano era de origen divino y no humano.

 

 

Magnificat

       Como otros himnos en Lc. 1–2, el nombre de la profecía de María (Lc. 1.46–55) proviene de la Vulgata Latina. En la creencia de que "María" (Lc. 1.46) era la interpretación secundaria, algunos comentaristas aceptan la versión menos confirmada "Elisabet". Puede ser que Lucas se haya limitado a escribir simplemente "dijo (ella)", y que los copistas hayan tratado de asignar la canción ya sea a "María" o a "Elisabet". Universalmente se ha aceptado la versión "María". La opinión de los comentaristas está dividida en cuanto a cuál de las dos le corresponde mejor el contenido de la canción, si a María o a Elisabet. El episodio que sirve de marco, sin embargo, constituye una transición entre la anunciación y el relato del nacimiento; está estrechamente relacionado con la primera, y continúa su tema mesiánico. Lo más probable, por lo tanto, es que Lucas la haya considerado como la canción de María relativa a Cristo.

       El modelo para este poema lírico fueron los salmos veterotestamentarios, y tiene especial afinidad con la canción de Ana (1 S. 2.1–10). El tema de Lucas le da su forma a la secuencia de la narración, y no necesariamente debemos considerar al himno como una espontánea o exacta respuesta de María. Pero tampoco debemos considerarlo meramente como una reconstrucción editorial. Su significación para Lucas radica en el hecho de ser la profecía de María, o sea que el contenido salió de sus labios y expresa lo que había en su mente y su corazón.

       Así como esta pieza lírica lleva la sección a su punto culminante, también dentro del Magnificat mismo el tono va en aumento. Está dividido en cuatro estrofas que describen:
(1) la gozosa exaltación, gratitud, y alabanza de María por su bendición personal;
(2) el carácter y la misericordiosa disposición de Dios hacia todos los que lo reverencian;
(3) su soberanía y su amor especial por los humildes en el mundo de los hombres; y 
(4) su especial misericordia para con Israel. La causa de la canción de María es que Dios se ha dignado elegirla, doncella campesina de condición social humilde, para cumplir la esperanza de toda doncella judía. Porque es probable que, en el judaísmo, lo que asignaba un máximo de gozo y significación a la maternidad fuese la posibilidad de que este niño fuese el Libertador.

       La última parte del poema es una descripción de la salvación mesiánica de Dios, y constituye una virtual paráfrasis de pasajes del AT. Se profetiza esta redención en función de una liberación nacional de los opresores humanos. Es un modo de expresión típico del mesianismo precristiano. El NT no lo contradice, sino que lo transfiere a la parusía del Mesías en la "era venidera" escatológica (Hch. 1.6ss). Como ocurre a menudo con los oráculos veterotestamentarios, se toman estos actos mesiánicos de Dios como si ya se hubiesen cumplido: la promesa de Dios tiene la eficacia del acto mismo (cf. Gn. 13); su palabra es la palabra de poder. El objeto específico de la misencordia de Dios es "Israel su siervo" (Lc. 1.54s; cf. Hch. 3.13, 26; 4.27, 30). No es posible determinar con certidumbre si aquí se refleja la distinción veterotestamentaria entre la nación en su conjunto y el remanente fiel; a menudo el concepto queda como un todo no diferenciado, y es posible que el contraste en los vv. 51–53 se refiera solamente a la nación judía y el poder dominante gentil. Pero en la mente de Lucas—y en la de sus primeros lectores—no está ausente, por cierto, la interpretación típicamente cristiana en conceptos tales como "Israel" (Lc. 24.21–26; Jn. 12.13; Hch. 1.6; Ro. 9.6), "siervo", y "la simiente" (Jn. 8.39; Gá. 3.16, 29), y probablemente entra, también, en su modo de entender e interpretar la profecía de María. 

 

 

Hermanos Del Señor

       Cuatro hombres se describen en los evangelios como "hermanos" de Jesús, a saber Jacobo, José, Simón, y Judas (Mt. 13.55; Mr. 6.3). Los habitantes de su pueblo natal expresaron sorpresa de que un hermano de estos hombres pudiese poseer tanta sabiduría y tanto poder (Mr. 6.2–3). Por otra parte, Jesús contrastó a sus hermanos y su madre, que estaban ligados a él por vínculos físicos, con sus discípulos, los que en virtud de su obediencia a la voluntad de su Padre eran considerados por él como sus "hermanos" y su "madre" espirituales (Mt. 12.46–50).

       Tres puntos de vista se han sostenido en cuanto a la naturaleza de la relación entre esos cuatro hombres y Jesús.

       a. Los "hermanos" eran los hijos menores de José y María. Este punto de vista tiene apoyo en el significado prima facie de primogénito en Lc. 2.7, y por la inferencia natural basada en Mt. 1.25 de que después del nacimiento de Jesús hubo una relación conyugal normal entre José y María. Esta teoría fue apoyada por Helvidio en el siglo IV, pero fue considerada herética a la luz de la doctrina, crecientemente aceptada a medida que fue adquiriendo impulso el movimiento ascético, de que María fue siempre virgen. A partir de la Reforma la opinión expresada al comienzo de este párrafo es el punto de vista más generalmente sostenido por el protestantismo.

       b. Los "hermanos" eran los hijos que José tuvo con una esposa anterior. Este punto de vista, propuesto primeramente en el siglo III, y defendido por Epifanio en el IV, se convirtió en la doctrina aceptada por la iglesia ortodoxa oriental. No tiene ningún apoyo directo en el NT. Sus defensores han supuesto, generalmente, sin embargo, que la oposición de los hermanos de Jesús durante su vida terrenal se debió principalmente al celo que les provocaban los éxitos de su hermanastro menor.

       c. Los "hermanos" eran los primos de Jesús. Este punto de vista, propuesto por Jerónimo en defensa de la doctrina de la virginidad perpetua de la madre de Jesús, se convirtió en la enseñanza oficial de la iglesia católica romana. Se basa en la siguiente serie de supuestos arbitrarios:
(i) que la interpretación correcta de Jn. 19.25 es la de que hubo tres, y no cuatro, mujeres cerca de la cruz, a saber María la madre de Jesús, su hermana, considerada como "María mujer de Cleofas", y María Magdalena; 
(ii) que la segunda María en el pasaje joanino es idéntica a la María descripta en Mr. 15.40 como "María la madre de Jacobo el menor y de José"; 
(iii) que este "Jacobo el menor" es el apóstol identificado en Mr. 3.18 como "el hijo de Alfeo"; 
(iv) que la segunda María en Jn. 19.25 estaba casada con Alfeo. El por qué de que se la describiera como "de Cleofas", lo cual presumiblemente significa "mujer de Cleofas", es algo que Jerónimo admitía no poder explicar. La teoría parecería exigir que Cleofas sea otro nombre para Alfeo, o que esta María se casó dos veces. Mediante esta exégesis ingeniosa pero poco convincente Jerónimo redujo el número de hombres con el nombre de Jacobo en el NT a dos: el hijo de Zebedeo, y Jacobo el hermano del Señor, que también era apóstol, conocido como "el menor" para distinguirlo del hijo de Zebedeo (!). Es probable que la frase "mis hermanos" en Mt. 28.10 se refiera a un grupo más amplio que "los hermanos" ya mencionados.

 

 

 

 

Nota:
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