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Maldición Versus bendición
Maldición El principal vocabulario bíblico relativo a la maldición consiste en los sinónimos hebreo <aµrar, qaµlal y <aµlaµ, que corresponden a los vocablos griegos kataraomai, katara y epikataratos; y heh\réÆm y h\eµrem, correspondientes a los vocablos griegos anathematizoµ y anathema.
El significado básico del primer grupo es, justamente, maldición. Un hombre
puede pronunciar una maldición con el deseo de perjudicar a otro (Job 31.30; Gn.
12.3); o como confirmación de una promesa suya (Gn. 24.41; 26.28; Neh. 10.29);
o como prenda de la verdad de su testimonio ante la ley (1 R. 8.31; cf. Ex.
22.11). Cuando Dios pronuncia una maldición se trata de, Sin embargo, para el hebreo, así como la palabra no es meramente un sonido en los labios, sino un agente que se envía con una misión, de la misma manera la maldición pronunciada es un agente activo que provoca daño. Detrás de la palabra está el alma que la ha creado. Así, la palabra que no está respaldada por la capacidad espiritual necesaria para darle cumplimiento se reduce a una mera "palabra vacía" (2 R. 18.20; "meras palabras de los labios"), pero cuando el alma tiene poder, la palabra adquiere ese mismo poder (Ec. 8.4; 1 Cr. 21.4). La potencialidad de la palabra se pone de manifiesto en algunos de los milagros de sanidad de nuestro Señor (Mt. 8.8, 16; cf. Sal. 107.20), y en la maldición que pronunció sobre la higuera estéril (Mr. 11.14, 20–21). En Zac. 5.1–4 la maldición misma, que representa la ley de Dios, vuela por toda la tierra, descubre a los pecadores y los elimina de la escena. Una maldición es un peligro tan real para el sordo como lo es una piedra de tropiezo para el ciego, por cuanto le es imposible adoptar una "acción evasiva" apelando a la "bendición" más poderosa de Yahvéh (Lv. 19.14; Sal. 109.28; contrastar Ro. 12.14). La repetición de las bendiciones y maldiciones sobre los montes Gerizim y Ebal (Dt. 27.11ss; Jos. 8.33) revela este mismo concepto dinámico de la maldición. Al llegar a la frontera de Canaán, Moisés expuso ante el pueblo "la vida y la muerte, la bendición y la maldición" (véase Dt. 30.19). La primera acción nacional al entrar en la tierra consiste en la activación tanto de las bendiciones que "alcanzarán" a los que obedecen, como las maldiciones que "alcanzarán" a los que desobedecen (Dt. 28.2, 15). La vida nacional se desenvuelve entre estos dos polos. Precisamente, se debe a la relación entre la obediencia y la bendición, la desobediencia y la maldición (Dt. 11.26–28; Is. 1.19–20) el que en Dt. 29.12, por ejemplo, se pueda hablar del pacto del Altísimo como su "maldición", y que en Zac. 5.3 se pueda hablar del Decálogo como "la maldición". La palabra que describe la gracia de Dios, y la que describe su ira son idénticas: la palabra que promete vida es tan solo sabor de muerte y juicio para el rebelde, y por lo tanto una maldición. Cuando la maldición de Dios cae sobre su pueblo desobediente, no se trata de la abrogación sino más bien de la ejecución de su pacto (Lv. 25.14–45). Pablo se vale de esta verdad para su exposición de la doctrina de la redención. La ley llega a ser una maldición para aquellos que no logran cumplirla (Gá. 3.10), pero Cristo nos redimió haciéndose maldición por nosotros (Gá. 3.13), y la forma en que murió es ella misma demostración de que tomó nuestro lugar, porque "maldito todo el que es colgado en un madero". Esta cita de Dt. 21.23, donde "maldito por Dios" significa "bajo la maldición de Dios", pone de manifiesto que la maldición de Dios contra el pecado cae sobre el Señor Jesucristo, quien así se hizo maldición por nosotros.
La raíz heb. h\aµram quiere decir "excluir de la sociedad". El AT
corrobora este uso. En general, esta palabra se aplica a cosas disponibles para
su uso por los seres humanos, pero que han sido deliberadamente puestas fuera
del alcance del hombre.
Anatema La LXX a menudo emplea anathema para representar el heb. h\eµrem, maldición, "la cosa consagrada", aquello que ha de prohibirse (Consagrar a la destrucción), lo cual comprende la destrucción total (por ejemplo Lv. 27.28s; Nm. 21.3, de Horma; Dt. 7.26, y cf. el caso sorprendente de Judit 16.19). Los textos imprecatorios paganos muestran que este término se empleaba como fórmula de maldición fuera del judaísmo. Es así que los cristianos podían oír, dada la naturaleza del sincretismo helénico, la horrible blasfemia "sea Jesús anatema" de labios de predicadores aparentemente "inspirados" (1 Co. 12.3): ya sea como abjuración de lealtad (Plinio y otras fuentes indican que se presionaba a los cristianos perseguidos para que "maldijeran a Cristo"), o como manera de desacreditar al Jesús terrenal en contraste con el Cristo exaltado. Cualquiera fuera la condición de quien hablaba, ningún mensaje que degradara a Cristo podía provenir del Espíritu Santo. Pablo podía desear, por el bien de sus hermanos no convertidos, "ser anatema", lo que significaba separación de Cristo (Ro. 9.3), y podía declarar "anatema", lo que significaba el retiro del reconocimiento de la iglesia cristiana, a todo el que predicara "cualquier otro evangelio" (Gá. 1.8–9). En estos casos translitera "anatema", mientras que tienen en el mg "malditos", "maldición". En 1 Co. 16.22, se usa "anatema" para colocar bajo maldición a los que odian a Cristo, añadiéndosele a continuación "maranata". Esto quizás tenga el sentido general "y que nuestro Señor ejecute prontamente sus juicios". Pero maranatha podría ser una frase independiente. Por el contenido de 1 Co. estas palabras en medio de los afectuosos saludos finales resultan bastante apropiadas, sin que haya ninguna conexión especial del anatema como el despido antes de la eucaristía, como consideran algunos. Los conspiradores de Hch. 23.14 se colocan bajo anathema ("maldición" "grave maldición"; "juramento"): hacen recaer sobre ellos mismos la maldición si fracasan (comparece la frase del AT "que así me haga Jehová, y aun me añada …"). El sentido eclesiástico de la excomunión es una extensión, no un ejemplo, del uso bíblico, aunque no es imposible que la práctica en la sinagoga le haya dado cierto colorido primitivo. El verbo relacionado aparece en Mr. 14.71; Hch. 23.12, 14, 21.
Bendición En el AT la palabra es bƒraµkaÆ, y generalmente denota el otorgamiento de un bien, concebido generalmente como algo material (Dt. 11.26; Pr. 10.22; 28.20; Is. 19.24, etc.). Con frecuencia se contrasta con la maldición (Gn. 27.12; Dt. 11.26–29; 23.5; 28.2; 33.23), y a veces se usa con referencia a la fórmula que constituye la "bendición" (Gn. 27.36, 38, 41; Dt. 33.1). En el NT la palabra eulogia se usa tamb. en este último sentido (Stg. 3.10), pero además denota tanto el bien espiritual que aporta el evangelio (Ro. 15.29; Ef. 1.3) como las bendiciones materiales en general (He. 6.7; 12.17; 2 Co. 9.5, "generosidad"
Nota:
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